¡Saludos, integrantes de la Bienaventuranza! Mi nombre es de guerrero, uno de mis apellidos es un palíndromo y el otro del Altísimo, su hijo y el Espíritu santo. Y tengo la misma edad que tenía Falla el 23 de noviembre de 1917 pero con los dígitos al revés. Siendo algo más conciso, me llamo Rodrigo Salas Trinidad y tengo 14 años.
Me encantan las matemáticas, la física, adoro la música, no sabría vivir sin cultura y tengo a la lectura en alta estima. La historia y la política son de mis grandes aficiones, al igual que la escritura. Y cómo olvidar el piano, las ochenta y ocho teclas con las que llevo conviviendo desde que comencé mi periplo pianístico a los seis años. Me encanta memorizar fechas históricas, cumpleaños de celebridades y días de estreno de grandes obras. Así como citas textuales.
Dada esta casualidad, podría querer acabar mi pequeña introducción diciendo “cualquiera tiempo pasado fue mejor” de la pluma de Jorge Manrique o algo por el estilo. Pero prefiero citar a Lina Morgan y decir: “Agradecidos, ilusionados, solamente puedo decir: gracias por venir”.
¿Qué puede conseguir un joven cuando crece rodeado de personas que le animan a aprender, colaborar y convertir sus ideas en realidad? Esta charla parte de una experiencia personal para mostrar cómo el entorno en el que crecemos puede impulsarnos a llegar mucho más lejos de lo que imaginamos.
A través de la historia de una iniciativa familiar que, gracias a la colaboración de todo un pueblo y al apoyo de personas de lugares muy distintos, consiguió hacer realidad algo tan especial como tener un piano público en su municipio, descubriremos el poder que puede tener una comunidad cuando se une para alcanzar un objetivo común.
Una historia cercana sobre aprendizaje, solidaridad y cooperación que invita a los jóvenes a descubrir que las grandes ideas no siempre necesitan grandes recursos para hacerse realidad. A veces, todo comienza con una iniciativa, personas dispuestas a sumar y la decisión de intentarlo.
